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El retrato de Eduardo Galeano fue realizado por Daniel Dabove.
El pasado sábado 2 de agosto, Rosario/12 publicó unas declaraciones del Gobernador de la provincia donde expresaba que "es una vergüenza para los santafesinos tener esta Constitución (provincial), está desactualizada". La utilización del término vergüenza para adjetivar la Carta Magna provincial es desconcertante. Más allá de las múltiples acepciones que nos brinda el Diccionario de la Real Academia Española, al cual nos remitimos para mayor abundamiento, está claro que es una terminología de extraordinaria historia en la psicología. El gobernador seguramente no quiso decir lo que dijo pero no seremos nosotros quienes analizaremos su psiquis. Por si no se equivocó, le decimos que no nos da vergüenza nuestra Constitución. Lo digo en primera persona del plural porque tengo la esperanza que haya alguien que comparta lo que escribo. En verdad, sentimos la denominada vergüenza ajena por actos u omisiones de autoridades públicas de cualquier nivel de gobierno que no hacen lo que prometieron y que no hacen feliz a su pueblo.
El gobernador también dijo que nuestra Constitución es absolutamente anacrónica y que es la más vieja de todas. No coincidimos con la calificación y no es cierto que sea la más vieja. La Constitución provincial más vieja (lo cual además no es ningún desmérito) es la de Mendoza de 1916, que sólo tuvo alguna enmienda, sistema del que Santa Fe carece. ¿Alguien puede decir que Mendoza, que no tiene reelección del gobernador y posee legislatura bicameral es una provincia atrasada y con deficiencias institucionales? Es absurdo y simplista criticar algo diciendo que es viejo.
Además, el gobernador expresó que hoy la mayoría de las provincias tienen unicameralidad y que ninguna corriente constitucionalista defiende la bicameralidad. Como no nos creemos tan importantes como para pretender ser una corriente, podemos citarle algunas. Una cercano es el doctor Diego Giuliano (ex secretario parlamentario de la Cámara de Diputados provincial, hoy en el mismo cargo en el Senado y reconocido docente universitario) quien alguna vez escribió un trabajo titulado "Unicameralismo: oferta de temporada". Con excepción de Córdoba que adoptó la unicameralidad en setiembre del 2001 al calor del "que se vayan todos", ninguna provincia de las de mayor peso tiene una sola cámara. Buenos Aires, Santa Fe y Mendoza son bicamerales. También el gobernador ha dicho que debemos reformar la Constitución como lo está haciendo Entre Ríos. Esta provincia tiene bicameralidad y no la ha modificado.
Lo que está claro es que el gobernador quiere imponer la reforma constitucional en lugar de lograr el consenso necesario para que se de naturalmente. A nosotros nos da vergüenza propia, no ajena, que la gran mayoría de los santafesinos no conozcan nuestra Constitución y la gran mayoría de las leyes. Porque quién no conoce sus derechos los perderá y sus obligaciones incumplirá.
No existe ninguna cláusula constitucional que obstaculice al gobierno provincial mejorar la educación, la salud, la justicia y la seguridad; la producción, la igualdad de oportunidades y la inclusión social; la construcción de viviendas, cloacas, escuelas y hospitales; el progreso y la igualdad. De su preámbulo y sus 116 artículos no hay uno solo que le impida avanzar en formas de democracia participativa y organismos de control y hasta en formas de regionalización, descentralización o autonomía municipal.
No son las cláusulas constitucionales "viejas y anacrónicas" las que le prohíben: tener una política sólida de derechos humanos, de discurso no contradictorio sobre el uso de las tobilleras tan polémicas, aumentar los impuestos, elevar la coparticipación provincial a municipios y comunas, entre otros temas que aparecen en la agenda.
Los que consideramos que no vivimos en una provincia cinco estrellas, como indica su nuevo logo, seguiremos enseñando derecho a la comunidad y ayudando a efectivizar los derechos fundamentales plasmados en nuestra Constitución sin vergüenza de 1962. Para no exagerar, nos conformamos con el cumplimiento progresivo del primer párrafo del artículo 21: "El Estado crea las condiciones necesarias para procurar a sus habitantes un nivel de vida que asegure su bienestar y el de sus familias, especialmente por la alimentación, el vestido, la vivienda, los cuidados médicos y los servicios sociales necesarios".
*Profesor de Derecho Constitucional UNR y Presidente de la FunDESC. rsukerma@fderec.unr.edu.ar
Tomado de: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/22-14717-2008-08-11.html
Entrevista a Daniel Feierstein, por: Victoria Ginzberg
Fotografía: Manuel Álvarez Bravo

Las fuertes tendencias antipolíticas de la temprana cristiandad son tan familiares que la idea de que un pensador cristiano haya sido el primero en formular las implicaciones políticas de la antigua noción política de la libertad, nos parece casi paradójica.
Fotografía: "Bond" de Baciar.
Héctor Schmucler advierte contra las evocaciones que llevan al olvido y propone estimular las miradas que releven el sentido y el origen de los hechos del pasado
Augé retoma su idea de "no-lugar", un sitio de paso, donde no se dan relaciones reales. Con las pantallas, dice aquí, las casas incorporan esas relaciones ilusorias.
Tomado de: http://www.clarin.com/diario/2007/04/11/sociedad/s-04101.htm

LIBROS MALDITOS
Perseguidos, prohibidos, quemados...
Por Eliana Lacombe
Palabras en fuga. Fantasmas que retornan de la hoguera. Nombres de autores y títulos perseguidos, prohibidos y quemados invaden pisos y paredes del Archivo Provincial de la Memoria, donde están reconstruyendo la biblioteca de libros censurados durante la última dictadura militar.
Se trata de un trabajo arqueológico. Recorrer librerías de usados buscando las ediciones de los setenta de libros que fueron incinerados en las piras de la represión. Libros que fueron enterrados, paradójicamente, para salvarlos de la “muerte”. Libros, escondidos durante años en sótanos recónditos de librerías…
Buscar textos sobrevivientes. Investigar sus prohibiciones. Y en cada lugar, recuperar las anécdotas de personas que, de una u otra manera, vivieron las duras épocas de los años “de plomo”. Personas que padecieron el miedo de tener un libro que pudiera resultar “sospechoso”, que recibieron directivas para censurar y esconder, amenazas para obligar a silenciar cualquier simbología que pudiera tener algún indicio de disconformidad con el sistema totalitario y sus valores “occidentales y cristianos”.
Trabajo arqueológico para desempolvar la Memoria y traer del olvido las palabras silenciadas.
Leer el texto completo >
Revista la Intemperie Nº 39
Tomado de:
http://laintemperie.com.ar/index/index.php?option=com_content&task=view&id=27&Itemid=31
Relato de Kafka que ha dado pie a un artículo de Jacques Derrida, en el que plantea la similitud entre la ley y el texto (entendido como escrito objeto de análisis), basada en la impenetrabilidad de ambos: ley y texto están abiertos, pero son indescifrables, como secretos que no se entregan. La esencia misma de la ley -y la razón de su eficacia- es precisamente ser inaccesible, y, por lo tanto, incuestionable. Ilustración: Ghiberti, Puertas del Paraíso del baptisterio de Florencia
Tomado de: http://www.librosenred.com/novedad.asp?id_articulo=90
Entrevista al doctor en Filosofía Osvaldo Guariglia
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La reflexión ética cuenta con una larga historia. Muchos pensadores han trabajado sobre las normas sociales o sobre el límite entre lo justo y lo injusto, entre otros temas.
En esta entrevista, Guariglia recorre esta tradición y explica de manera sugerente el sentido de este pensamiento y sus vínculos con la democracia, en una sociedad fundada en el derecho y la tolerancia como base de las relaciones entre las personas.
textos: Mariano Garreta Leclercq
ilustración: Jimena Tello
edición: Cecilia Sagol y Marcelo Gargiulo
Índice:
Inicio | Una larga tradición: orígenes del pensamiento ético | La reflexión actual: ética y democracia | El trabajo del filósofo, hoy. | Enlaces a sitios de interés
Tomado de: http://www.educ.ar/educar/docentes/f_etica_ciudadana/polimodal/final.
Díscurso ante la Chicago Decalogue Society, 20 de febrero de 1954.Tomado de: www.antroposmoderno.com/antro-articulo.php?id_articulo=729

Lo que ha ocurrido en los campos de concentración supera de tal modo el concepto jurídico de crimen, que muchas veces se ha olvidado considerar la verdadera estructura jurídico-política en la cual aquellos sucesos se produjeron. El campo es el lugar en el que se ha realizado la más absoluta conditio inhumana que se haya dado jamás sobre la tierra: es decir, en última instancia, lo que cuenta tanto para las víctimas como para los descendientes. Aquí seguiremos deliberadamente una orientación inversa. En vez de deducir la definición de campo por los sucesos acaecidos, nos preguntaremos más bien: ¿qué es un campo, cuál es su estructura jurídico-política, por qué han podido tener lugar semejantes sucesos? Todo esto nos llevará a mirar el campo, no como hecho histórico, ni como una anomalía perteneciente al pasado (aunque sí eventualmente, está todavía por verificarse), sino, de alguna manera, a la matriz escondida, al nomos del espacio político en el que vivimos.
Este nexo constitutivo entre estado de excepción y campo de concentración no debería ser sobrevalorado, en una correcta comprensión de la naturaleza del campo. La "protección" de la libertad que se cuestiona en la Schutzhaft es, irónicamente, protección contra la suspensión de la ley que caracteriza la emergencia. La novedad es que, ahora, esta institución se disuelve por el estado de excepción sobre el cual se fundaba y se la deja en vigor en situación normal. El campo es el espacio que se abre cuando el estado de excepción empieza a convertirse en la regla. En éste, el estado de excepción, que era esencialmente una suspensión temporal del ordenamiento, adquiere ahora una disposición espacial permanente que queda como tal, pero siempre fuera del ordenamiento normal.
Disponible en: http://www.elcultural.com/eva/literarias/agamben/portada1.html
Fotografía: cartonero, Buenos Aires.

06 feb 2004
El filósofo italiano Giorgio Agamben ha manifestado su intención de no viajar a los Estados Unidos tras la aprobación de las nuevas medidas de control puestas en marcha para quienes pretendan entrar en el país. En un artículo publicado en Le Monde el pasado 11 de enero explica las razones de esta decisión.
Los periódicos no dejan ninguna duda: desde ahora quien quiera entrar en Estados Unidos con una visa será fichado y deberá dejar sus huellas digitales al hacerlo. Personalmente, no tengo intención de someterme a tales procedimientos, y es por lo que anulé sin demora, el curso que debía dictar en marzo en la universidad de Nueva York.
Querría explicar la razón de esta negativa, es decir, porqué a pesar de la simpatía que me liga desde hace muchos años a mis colegas americanos como a sus estudiantes, considero que esta decisión es a la vez necesaria y sin apelación y cuánto deseo que sea compartida por otros intelectuales y profesores europeos.
No se trata sólo de una reacción epidérmica frente a un procedimiento que fue impuesto durante mucho tiempo a los criminales y acusados políticos. Si sólo se tratara de esto, podríamos con seguridad aceptar moralmente compartir, por solidaridad, las condiciones humillantes a las que son sometidos hoy tantos seres humanos.
Lo esencial no está ahí. El problema excede los límites de la sensibilidad personal y concierne al estatuto jurídico-político (sería quizás más simple decir bio-político) de los ciudadanos de los Estados pretendidamente democráticos en los que vivimos. Desde hace algunos años tratan de convencernos de que debemos aceptar como las dimensiones humanas y normales de nuestra existencia prácticas de control que habían sido consideradas siempre como excepcionales e inhumanas.
Nadie ignora que el control ejercido por el Estado sobre los individuos a través del uso de dispositivos electrónicos, como las tarjetas de crédito o los teléfonos móviles, han alcanzado límites en otros tiempos insospechables.
Sin embargo, no se podrían superar ciertos umbrales en el control y manipulación de los cuerpos sin penetrar en una nueva era biopolítica, sin franquear un paso más en lo que Michel Foucault llamaba una animalización progresiva del hombre realizada a través de las técnicas más sofisticadas.
El fichaje electrónico de las huellas digitales y de la retina, el tatuaje sub-cutáneo, como otras prácticas del mismo género, son elementos que contribuyen a definir ese umbral. Las razones de seguridad que se invocan para justificarlas no deben impresionarnos: no es esa la cuestión. La historia nos enseña que las prácticas reservadas al comienzo a los extranjeros, enseguida se aplican al conjunto de los ciudadanos.
Lo que está en juego es nada menos que la nueva relación biopolítica "normal" entre los ciudadanos y el Estado. Esta relación no tiene nada que ver con la participación libre y activa en la esfera pública, sino que concierne a la inscripción y fichaje del elemento más privado e incomunicable de la subjetividad: quiero decir la vida biológica de los cuerpos.
A los dispositivos mediáticos que controlan y manipulan la palabra pública corresponden en consecuencia los dispositivos tecnológicos que inscriben e identifican la vida desnuda: entre esos dos extremos de una palabra sin cuerpo y de un cuerpo sin palabra, el espacio de lo que llamábamos otrora la política es cada vez más reducido y más exiguo.
Así, al aplicar al ciudadano o mejor dicho al ser humano como tal, las técnicas y dispositivos que fueron inventados para las clases peligrosas, los Estados, que deberían constituir el lugar mismo de la vida política, han hecho de él, el ser humano, el sospechoso por excelencia, hasta el punto de que es la humanidad misma la que se ha transformado en clase peligrosa.
Hace algunos años, escribí que el paradigma político de Occidente no era ya la ciudad, sino el campo de concentración, y que habíamos pasado de Atenas a Auschwitz. Se trataba evidentemente de una tesis filosófica, y no de un relato histórico, ya que no se deberían confundir fenómenos que conviene por el contrario distinguir.
Querría sugerir que el tatuaje apareció sin duda en Auschwitz como el modo más normal y económico de organizar la inscripción y el registro de lo deportados en los campos de concentración. El tatuaje biopolítico que nos imponen ahora los Estados Unidos para entrar en su territorio, podría ser el signo precursor de lo que nos pedirán más tarde aceptar como la inscripción normal de la identidad de buen ciudadano en los mecanismos y engranajes del Estado. Por eso debemos oponernos.
Giorgio Agamben
La traducción ha sido realizada por Miriam L. Chorne para la página de El observatorio Psi, de donde la he extraído.
Disponible en: http://estrecho.indymedia.org/newswire/display_any/4129/index.php
Los que vivís segurosFotografía: Auschwitz, Polonia, 27 de enero.de 2005.- La liberación de Auschwitz, hace 60 años, fue conmemorada en el antiguo campo de concentración nazi. El acto empezó y acabó de la misma manera, con el silbido simbólico de un tren que llega, como llegaban de toda Europa los trenes que traían a nuevos presos. La noche fue cayendo durante la ceremonia, celebrada a cielo abierto con las oscuras barracas de Birkenau de fondo y ante la vía del tren a lo largo de la cual unas antorchas iluminaban la nieve.Con fuego sobre las vías del tren concluyó la ceremonia.

LOS HUNDIDOS Y LOS SALVADOS
Ésta, de la que hemos hablado y hablaremos, es la vida ambigua del Lager. De esta manera dura, estrujados contra el fondo, han vivido muchos hombres de nuestros días, pero todos durante un tiempo relativamente breve; por lo que quizás sea posible preguntarse si realmente merece la pena, y si está bien, que de esta excepcional condición humana quede cualquier clase de recuerdo.
A esta pregunta estoy inclinado a responder afirmativamente. En efecto, estoy persuadido de que ninguna experiencia humana carece de sentido ni es indigna de análisis, y de que, por el contrario, hay valores fundamentales, aunque no siempre positivos, que se pueden deducir de este mundo particular del que estamos hablando. Querría hacer considerar de qué manera el Lager ha sido, también y notoriamente, una gigantesca experiencia biológica y social.
Enciérrense tras la alambrada de púas a millares de individuos diferentes en edades, estado, origen, lengua, cultura y costumbres, y sean sometidos aquí a un régimen de vida constante, controlable, idéntico para todos y por debajo de todas las necesidades: es cuanto de más riguroso habría podido organizar un estudioso para establecer qué es esencial y qué es accesorio en el comportamiento del animal-hombre frente a la lucha por la vida.
No creo en la más obvia y fácil deducción: que el hombre es fundamentalmente brutal, egoísta y estúpido tal y como se comporta cuando toda superestructura civil es eliminada, y que el Háftling no es más que el hombre sin inhibiciones. Pienso más bien que, en cuanto a esto, tan sólo se puede concluir que, frente a la necesidad y el malestar físico oprimente, muchas costumbres e instintos sociales son reducidos al silencio.
Me parece, en cambio, digno de atención este hecho: queda claro que hay entre los hombres dos categorías particularmente bien distintas: los salvados y los hundidos. Otras parejas de contrarios (los buenos y los malos, los sabios y los tontos, los cobardes y los valientes, los desgraciados y los afortunados) son bastante menos definidas, parecen menos congénitas, y sobre todo admiten gradaciones intermedias más numerosas y complejas.
Esta división es mucho menos evidente en la vida común; en ésta no sucede con frecuencia que un hombre se pierda, porque normalmente el hombre no está solo y, en sus altibajos, está unido al destino de sus vecinos; por lo que es excepcional que alguien crezca en poder sin límites o descienda continuamente de derrota en derrota hasta la ruina. Además, cada uno posee por regla general reservas espirituales, físicas e incluso pecuniarias tales, que la eventualidad de un naufragio, de una insuficiencia ante la vida, tiene menor probabilidad. Añádase también la sensible acción de amortiguación que ejerce la ley, y el sentimiento moral, que es una ley interior; en efecto, un país se considera tanto más desarrollado cuanto más sabias y eficientes son las leyes que impiden al miserable ser demasiado miserable y al poderoso ser demasiado poderoso.
Pero en el Lager sucede de otra manera: aquí, la lucha por la supervivencia no tiene remisión porque cada uno está desesperadamente, ferozmente solo. Si un tal Null Achtzehn vacila, no encontrará quien le eche una mano; encontrará más bien a alguien que le eche a un lado, porque nadie está interesado en que un “musulmán”* más se arrastre cada día al trabajo: y si alguno, mediante un prodigio de salvaje paciencia y astucia, encuentra una nueva combinación para escurrirse del trabajo más duro, un nuevo arte que le rente unos gramos más de pan, tratará de mantenerla en secreto, y por ello será estimado y respetado, y le producirá un beneficio personal y exclusivo; será más fuerte, y será temido por ello, y quien es temido es, ipso facto, un candidato a sobrevivir.
En la historia y en la vida, parece a veces discernirse una ley feroz que reza: “a quien tiene, le será dado; a quien no tiene, le será quitado”. En el Lager, donde el hombre está solo y la lucha por la vida se reduce a su mecanismo primordial, esta ley inicua está abiertamente en vigor, es reconocida por todos. Con los adaptados, con los individuos fuertes y astutos, ti los mismos jefes mantienen con gusto relaciones, a veces casi de camaradas, porque tal vez esperan obtener más tarde alguna utilidad. Pero a los «musulmanes», a los hombres que se desmoronan, no vale la pena dirigirles la palabra, porque ya se sabe que se lamentarán y contarán lo que comían en Y su casa. Vale menos aún la pena hacerse amigo suyo, porque no tienen en el campo amistades ilustres, no comen nunca raciones extras, no trabajan en Kommandos ventajosos y no ` conocen ningún modo secreto de organizarse. Y, finalmente, se sabe que están aquí de paso y que dentro de unas semanas no quedará de ellos más que un puñado de cenizas en cualquier campo no lejano y, en un registro, un número de matrícula vencido. Aunque englobados y arrastrados sin descanso por la muchedumbre innumerable de sus semejantes, sufren y se arrastran en una opaca soledad íntima, y en soledad mueren o desaparecen, sin dejar rastros en la memoria de nadie.
El resultado de este despiadado proceso de selección natural habría podido leerse en las estadísticas del movimiento de los Lager. En Auschwitz, en el año 1944, de los prisioneros judíos veteranos (de los otros no hablaré aquí, porque sus condiciones eran diferentes), “kleine Nummer”, números bajos inferiores al ciento cincuenta mil, pocos centenares sobrevivían: ninguno de éstos era un vulgar Haftling, que vegetase en los Kommandos vulgares y recibiese la ración normal. Quedaban solamente los médicos, los sastres, los zapateros remendones, los músicos, los cocineros, los jóvenes homosexuales atractivos, los amigos y paisanos de alguna autoridad del campo; además de individuos particularmente crueles, vigorosos e inhumanos, instalados (a consecuencia de la investidura por parte del comando de los SS, que en tal selección demostraban poseer un satánico conocimiento de la humanidad) en los cargos de Kapo, de Blockaltester u otros: y, en fin, los que, aunque sin desempeñar funciones especiales, siempre habían logrado, gracias a su astucia y energía, organizarse con éxito, obteniendo así, además de ventaja material y reputación, la indulgencia y estima de los poderosos del campo. Quien no sabe convertirse en un Organisator, Kombinator, Prominent (¡atroz elocuencia de los términos!) termina pronto en “musulmán”. Un tercer camino hay en la vida, donde es más bien la norma; no lo hay en el campo de concentración. Leer el texto completo >
Fotografía: Sobrevivientes de Mauthausen.
En el año 1948, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, por la cual estableció que todas las personas nacen libres e iguales, independientemente de su condición, sexo, raza, religión u opinión política. Así, los derechos humanos quedaron instituidos como atributos fundamentales de la dignidad humana.
Fundamentalmente, se condenó a ideologías como el nazismo y el fascismo, profundamente antidemocráticas y esencialmente violatorias de los derechos humanos. Fue el comienzo de la edificación de un nuevo tiempo para los países centrales, empeñados en dejar atrás las causas y las secuelas del conflicto bélico más sangriento que sufriera jamás la humanidad, la Segunda Guerra Mundial.
Luego, la implementación de políticas neoliberales y la globalización de la economía mundial -tras la desaparición del mundo bipolar y con la hegemonía excluyente de los EEUU- profundizaron la violación de otros derechos humanos también reconocidos por Declaraciones de la ONU.
En Latinoamérica, en la última parte del siglo XX se implementó un modelo económico de concentración de la riqueza. Eso fue posible a partir de la instauración de dictaduras militares que practicaron el Terrorismo de Estado, engendrado en la Doctrina de la Seguridad Nacional, diseñada por los EEUU. En la Argentina, ese proceso comenzó a partir de 1976, con una salvaje represión sin precedentes en nuestro país; que redundaron en también inéditos niveles de exclusión social, pobreza e indigencia, que todavía se padecen.
Mientras tanto, pese a las marchas y contramarchas que continúan hasta nuestros días, en todo momento se luchó por la plena vigencia de los DDHH. Con la restauración democrática recobró fuerza el deber cívico de bregar por justicia contra los responsables de los peores delitos de lesa humanidad. Pero la condena a las Juntas Militares, sobrevino el indulto a los genocidas. Y a los juicios contra los responsables de torturas, asesinatos, desaparición forzada de personas, robos de bebés, le siguieron las leyes de Obediencia Debida y Punto Final.
Sin embargo, la memoria y la participación popular confluyó en la sanción de la Ley 25.779, por la cual el Congreso de la Nación Argentina declaró la nulidad de aquellas, coronada con la sentencia de la Corte Suprema de Justicia que declaró la inconstitucionalidad de las leyes de impunidad.
En la historia reciente, hubo hechos que afianzaron el principio de justicia: mientras los tribunales reactivan las causas contra los responsables de las violaciones sistemáticas de los derechos humanos, efectuadas durante la dictadura, la Cámara de Diputados de la Nación impidió la incorporación en su seno democrático de Antonio Bussi y Luis Patti, sentando las bases para "que en el Parlamento argentino nunca más se siente en una de sus bancas ningún genocida"; máxima del profesor Alfredo Bravo que toda institución democrática debe seguir.
Queda por obtener del Poder Judicial la declaración de inconstitucionalidad de los decretos de indultos firmados por Menem, atento a la imprescriptibilidad de los delitos cometidos durante la dictadura militar.
Otro hecho afecta la plena vigencia de los DDHH. Desde el 18 de septiembre del 2006 se encuentra desaparecido Jorge Julio López, testigo clave en uno de los procesos más trascendentes, el que determinó la condena de Miguel Etchecolatz. El Estado debe imperiosamente poner todos sus recursos para esclarecerlo, so pena de ver convertida en realidad la circunstancia por casi nadie deseada: encontrarnos frente a un caso de desaparición forzada de persona en plena democracia.
En un plano más general, la vigencia irrestricta de los Derechos Humanos incluye la protección del trabajo, del acceso a la salud, a la educación y a una vida digna para nuestro pueblo. Defender ello nos enfrenta con el modelo de concepciones retrógradas que imperó en los años `90 pero aún sigue vigente.
En definitiva, la lucha por la plena vigencia de los derechos humanos conlleva la búsqueda de la verdad, la justicia y el castigo a todos los que cometieron delitos contra la humanidad. E implica, a nivel social y económico, la construcción de una sociedad más igualitaria
*Diputado Nacional por Santa Fe, Vicepresidente del Bloque del Partido Socialista.
Disponible en: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/18-6544-2006-12-10.html
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