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David Galante, sobrevivió de Auschwitz:

 

“Me liberé realmente cuando pude contarlo”

 

Descendiente de los judíos expulsados de España por la Inquisición, David Galante fue a los 18 años uno de los 1.800 judíos de la isla de Rodas (Grecia) que en 1943 fueron deportados al más feroz de los campos de concentración que montó el régimen nazi: Auschwitz. Y también uno de los 120 que sobrevivieron.

Después resistió el viaje de polizón a la Argentina y los 15    días de prisión en Devoto a los que lo condenó un juez por entrar ilegalmente. Tardó más de 50 años en contar lo que pasó. Se guardó esas historias y se "refugió en el olvido". Años después logró ponerle palabras a la vida en el campo de concentración, los trabajos forzados, la pérdida de sus padres y tres hermanas y la desolación de la posguerra. Así nació "Un día más de vida", el libro sobre su historia que escribió Martín Hazan.

 

"Los rusos me liberaron físicamente, pero contar lo que pasó fue mi liberación personal, fue como expulsar el infierno", reconoce Galante que hoy, a los 81 años, hace de su testimonio una verdadera militancia a la que dedica casi todos los días de su vida brindando el relato a quienes visitan el Museo del Holocausto, en Capital Federal.

 

Ese mismo testimonio fue el que ofreció a los adolescentes    rosarinos en su paso por la ciudad, donde estuvo esta semana invitado por la Daia Rosario para participar de diversos actos programados por el Día del Holocausto.

 

—¿Por qué tantos años de silencio?   

 

—Cuando llegamos a Argentina quisimos contar, pero no nos    creían. Decían que veníamos locos de la guerra, no podían creer ni imaginar las cosas que decíamos. No teníamos quién nos escuchara, entonces me encerré, empecé a trabajar en una fábrica de bicicletas y me metí para adentro. Estuve así durante 50 años, hasta que otros empezaron a hablar, hicieron películas y la gente empezó a preguntar. Mi familia sabía lo que había pasado, pero trataban de no hablar. Sólo de vez en cuando aparecía alguna pregunta de mis hijos. Pero no quería dañarlos, pensaba que contarles era lastimarlos cuando en realidad era al revés.

 

—¿Cómo fue la primera vez que pudo relatarlo?   

 

—Muy dura. Pero ahora me siento cada vez mas aliviado cuando    cuento la historia. Al hacer el libro expulsé todo el infierno que tenía adentro. Fue la liberación real, porque los rusos me liberaron físicamente, pero esta fue mi liberación personal. Dicen que todo el que estuvo en Auschwitz nunca podrá salir, y el que no estuvo nunca podrá entrar. Uno sigue viviendo siempre con esa mochila.

 

—¿Cómo era la vida en la isla antes de la deportación?   

 

—Estábamos tranquilos. Si bien las islas estaban bajo dominio italiano y    existían las leyes raciales, en general no teníamos problemas. Eso fue hasta 1943, cuando las ocuparon los alemanes y empezaron las discriminaciones y las prohibiciones. Un buen día llegó una comisión de oficiales nazis y dio la orden de que todos los judíos debíamos juntarnos en un edificio con nuestras cosas. Una vez ahí, no salimos más.

 

Nos sacaron todo y nos embarcaron hasta el puerto de Atenas. Fue un viaje infernal que duró siete días. Fue muy duro y muchos murieron.

 

—¿De allí los llevaron directamente a Auschwitz?   

 

—Desde Grecia nos dep   ortaron a Auschwitz en vagones donde metían a 80 personas. El viaje duró 12 días porque el tren paraba cada tres para que pudiéramos sacar los cadáveres de los que morían y vaciar las cubas con nuestras necesidades. Llegamos y nos separaron a hombres y mujeres en dos filas, y seleccionaron quienes iban a los trabajos y quienes a las cámaras de gas. Mis padres murieron en las cámaras. Mi hermano y yo fuimos a trabajo, al igual que mis tres hermanas. Ninguna sobrevivió.

 

—¿Cómo fue lo que siguió?   

 

—Sobrevivir cada día, no se podía pensar en nada más. Una    mirada podía significar que te pegaran un tiro. Y cuando se liberó el campo me salvé porque estaba en la enfermería.

 

—¿Cómo fue ese final?   

 

—Un día fui al baño y no podía abrocharme el pantalón porque    tenía los dedos congelados. Entonces me arrimé a un fuego que tenían los nazis para calentarse, pero me empujaron y me tiraron a las brasas. Aunque salí enseguida, tenía los pies quemados y como las heridas se infectaron fui a la enfermería, que en realidad era la antesala de la muerte porque nadie salía de allí. Ahí había un médico francés, que también era prisionero. Allí estaba cuando llegó de Berlín la orden de destruir las cámaras y de evacuar el campo porque los rusos estaban cerca. Fui con los prisioneros para empezar a marchar, las llamadas marchas de la muerte, pero el médico me dijo que no podría caminar ni 100 metros. Me convenció y me quedé esperando, y así me salvé. Cuando llegaron los rusos no podían creer lo que veían, se descomponían ante las montañas de muertos. Estuve en el ejército hasta que terminó la guerra. Después supe que mi hermano estaba en Roma y fui en su búsqueda.

 

—¿Por qué decidieron venir a Argentina?   

 

—Un hermano vivía acá antes de la guerra. Pero no conseguíamos el permiso    para entrar, a pesar de que los nazis entraban fácilmente. Vinimos como polizones en un barco, escondidos en un ropero. Trabajamos dos años sin documentos hasta que nos presentamos a regularizar la situación y un juez nos condenó a 15 días en Devoto. Después de todo lo que nos había pasado, esas parecían sólo anécdotas.

 

Tomado de: http://www.lacapital.com.ar/contenidos/2008/05/11/noticia_5783.html

 

 

 

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